Raúl Alfonsín no sólo recitaba el Preámbulo de una Constitución sancionada en un pequeño cabildo de provincia: también evocaba a los hombres que hicieron la organización nacional, elegía al humilde cabildo de Buenos Aires en vez de la Casa Rosada para saludar el día de su asunción y cerraba su primer discurso ante la Asamblea Legislativa diciendo “con el esfuerzo de todos, en unión y libertad, que así sea”, retomando el lema instituido en los años inmediatamente posteriores a 1810.

Mi hipótesis es que estas actitudes dispersas hacen, todas juntas, a un único experimento con el tiempo: el de querer instalar un momento análogo al del Sol de Mayo. El rasgo común: el predominio de la palabra por sobre la fuerza.

“Revolución de Mayo”, aprendemos en la escuela. “El movimiento que ha comenzado en 1810″ dice Halperín DonghiRoberto Marfany publicó en 1958 un libro titulado El pronunciamiento de mayo.

Revolución, movimiento, pronunciamiento: hay un deslizamiento hacia un suceso cada vez más verbal.

Y es que, en efecto, lo particular del Sol de Mayo es que la violencia brilla por su ausencia. Hay reuniones febriles que duran hasta la madrugada, visitas intempestivas a la casa del virrey, próceres yendo y viniendo por las calles y, finalmente, la escena municipal que habita tantos óleos: la plaza todavía con recovas y el pueblo que parece un vecindario. 

Según Halperín Donghi se trató de “una transición sin violencia ni abierto escándalo; el virrey ha firmado los sucesivos documentos que atestiguan la progresiva abdicación del antiguo régimen”. En el oficio de la Junta del 25 se trata la renuncia del virrey Cisneros y en el documento se lee: “prestándose á ello con la mayor generosidad y franqueza”. Alberdi llama la atención sobre la curiosa paz de las agitaciones porteñas y la contrasta con lo ocurrido en otras ciudades del continente: “Santiago de Chile oyó silbar las balas de Maipú, a un paso de su capital; Lima oyó tronar el cañón del Callao. Quito, Caracas, La Paz, Chuquisaca, Montevideo, Tucumán, Salta, llevan en sus murallas las señales de las balas españolas y sus ojos vieron correr la sangre derramada en precio de la libertad americana. Los oídos de Buenos Aires están vírgenes de esa música de la muerte que conduce a la gloria. Solo ha oído las balas de la guerra civil. En la revolución del 25 de Mayo de 1810 no se quemó un grano de pólvora, sino la de las salvas”.

Se trató, entonces, de un hecho sin violencia en el que una fina llovizna, el uso o ausencia de paraguas y el despacho de empanadas son los actores principales. Casi una reunión, como se trasluce en esta notificación del 21 de mayo: “El Exmo. Cabildo convoca á Vd. para que se sirva asistir precisamente mañana, 22 del corriente á las 9, sin etiqueta alguna, y en clase de vecino, al Cabildo abierto, que con avenencia del Exmo. Señor Virrey ha acordado celebrar, debiendo manifestar esta esquela á las tropas que guarnezcan las avenidas de esta plaza, para que se le permita pasar libremente”.

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En realidad sí había tensión. Sí existía la posibilidad de la violencia. Cuatro días después de la notificación del 21, en la esquela del mismo 25, se lee: “En la inteligencia de que esta era la voluntad decidida del pueblo, y que con nada se conformaria que saliese de esta propuesta; debiéndose temer en caso contrario resultados muy fatales”. Y en el oficio del cabildo a la Junta: “se abriesen los cuarteles, en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había procurado evitar”. Frase siguiente: “Y los Señores, viéndose conminados de esta suerte, y con el fin de evitar la menor efusión de sangre (…)”.