¿Cómo es el sistema electoral?

Cualquier ciudadano norteamericano mayor de 18 años que se haya registrado previamente puede participar en las elecciones. A diferencia de otras democracias, el sistema electoral en Estados Unidos es indirecto. Si bien en las papeletas figuran los nombres de los candidatos -en este caso Trump y Biden-, los votantes eligen a los representantes de su estado en el Colegio Electoral, que es el órgano encargado de designar al presidente y el vicepresidente.

Es decir, una victoria en el voto popular no le asegura al candidato su llegada a la Casa Blanca. En 2016, por ejemplo, la demócrata Hillary Clinton cosechó casi tres millones más de votos que Trump. Pero eso no lo alcanzó, ya que logró 227 votos electorales, frente a los 304 de Trump.

Los votantes eligen a los 538 miembros del Colegio Electoral, que son los encargados de elegir al presidente. El candidato necesita al menos 270 de esos electores para ganar la elección. Cada estado tiene asignado un número fijo de electores, proporcional a su población, y a los congresistas y senadores que envía al Congreso: California es el que más aporta, con 55, mientras que Alaska, Delaware, Montana, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Wyoming y Vermont sólo contribuyen con tres electores.

La mayoría de delegados respetan la regla del “winner-takes-all” (“el ganador se lleva todo”) y conceden todos los votos de su estado al candidato que logra la mayoría absoluta en los votos populares. Por ejemplo, si en California Biden le llega a ganar a Trump -o viceversa-, se quedará con los 55 electores de ese estado. Las excepciones son Maine y Nebraska, que distribuyen sus siete votos de forma proporcional.

Texas (38), Florida (29) y Nueva York (29) son otros de los estados con el mayor número de electores.

Estados bisagra o “swing states”.

La mayoría de los estados están decididos antes de las elecciones, ya sea por los márgenes que indican las encuestas o por su historial electoral. Es el caso de California para los demócratas o Tennessee para los republicanos. No obstante, hay una serie de estados considerados indecisos, o también conocidos como bisagra o “swing states”.

Se trata de un puñado de estados que fluctúan elección tras elección, aunque no siempre son los mismos. Los candidatos suelen dedicar todos sus esfuerzos en conquistar esos estados durante la campaña. Por ese motivo, el lunes los demócratas Biden y Harris cerraron la campaña en diferentes puntos de Pensilvania para atraer la mayor cantidad de votos indecisos. Trump, en tanto, cerró la campaña con cinco mítines en cuatro estados bisagra: Carolina del Norte, Pensilvania, Michigan y Wisconsin.

A priori, se considera que los demócratas tienen ganado California (55), Nueva York (29), Nueva Jersey (14), Illinois (20), Nevada (6), Hawaii (4), Oregon (7), Washington (12), Colorado (9), Nuevo México (5), Massachusetts (11), Virginia (13), Maryland (10), Delaware (3), Rhode Island (4), Connecticut (7), el Distrito de Columbia (3), Vermont (3) y Maine (4).

Para los republicanos la tendencia es favorable en Texas (38), Tennessee (11), Kentucky (8), Indiana (11), Ohio (18), Iowa (6), Carolina del Sur (9), Missouri (10), Kansas (6), Louisiana (8), Alabama (9), Dakota del Norte (3), Dakota del Sur (3), Wyoming (3), Idaho (4), Arkansas (6), Alaska (3), Oklahoma (7), Mississippi (6), Utah (6), Virginia Occidental (5), Montana (3), y Nebraska (5).

Ante este escenario, los estados bisagra en estas elecciones son Arizona (11), Florida (29), Georgia (16), Michigan (16), Minnesota (10), Carolina del Norte (15), Pensilvania (20) y Wisconsin (10).

Florida -con un gran caudal de voto latino- es el estado clave por excelencia. En 2016 votó por Trump, en 2008 y 2012 por Barack Obama, en 2004 y 2000 por George Bush hijo, en 1996 por Bill Clinton o en 1992 y 1988 por George Bush padre. En el 2000, de hecho, tras un recuento que duró semanas, entregó la Casa Blanca a Bush por unos 500 votos. Los recuentos -como el de Bush- suelen ser muy ajustados, y el ganador se lleva 29 compromisarios, el premio más grande entre los estados clave. De hecho Trump se impuso hace cuatro años sobre Hillary Clinton por apenas 1,2 puntos (113.000 votos).

Pensilvania, Michigan y Wisconsin eran un seguro de vida para los demócratas gracias al voto afroamericano urbano y a la clase trabajadora blanca. Hasta 2016, Wisconsin había votado demócrata en las siete anteriores elecciones presidenciales, mientras que Michigan y Pensilvania en seis. Pero Trump apostó fuerte en 2016 (incluso cerró su campaña en Michigan), apeló al voto rural y a la clase trabajadora blanca afectada por el cierre de industrias y los ganó por apenas 80.000 votos. Pese al estrecho margen, y como consecuencia del sistema indirecto, la victoria en esos tres estados le permitió sumar 46 compromisarios que allanaron su camino a la Casa Blanca.

Con características parecidas a los tres anteriores, aunque aún más demócrata, Minnesota fue el cuarto estado que Trump se puso entre ceja y ceja conquistar en 2016. No le alcanzó por poco, ya que Hillary ganó con apenas un punto y medio de ventaja. Pero en los últimos años el estado ha girado hacia la derecha, especialmente en las grandes áreas rurales y mineras del oeste y el norte, donde el actual presidente obtuvo un gran caudal de votos.

En la otra cara de la moneda aparecen Georgia y Arizona: estados que parecían garantías para los republicanos, pero que los cambios demográficos (una gran migración desde estados más progresistas combinada con la movilización del voto joven y de minorías) hacen nada descabellado que los demócratas puedan hacerse con ellos. En los últimos comicios, el mandatario republicano venció en los dos estados.

Otro que integra la lista de estados bisagra este año es Carolina del Norte. Aunque históricamente se ha inclinado hacia la derecha, votó por Obama en 2008 o por Jimmy Carter en 1976. En 2016 optó sin mucho entusiasmo por Trump y una alianza entre los afroamericanos y los votantes moderados a favor de Biden pondría en peligro sus 15 compromisarios para el presidente.

Voto por correo: récord y polémica.

Con el objetivo de evitar asistir a centros de votación abarrotados, en los últimos días se registró un incremento masivo en votos por correo y votos adelantados. Los datos recolectados por el U.S. Elections Project de la Universidad de Florida indicaron que hasta la mañana del domingo votaron anticipadamente el 66.8% de todos los electores que votaron en 2016, incluidos el voto anticipado y los que votaron el día de la elección hace cuatro años.

Según detallaron las autoridades, entre el total de los anticipados (93.131.017), 59 millones fueron por correo y 34 millones en persona.

El proyecto de la universidad, que se ha convertido en referencia para el monitoreo de la votación anticipada, detalla la afiliación política de los sufragios ya emitidos: 45,6% de votos registrados como demócratas, 30,3%, como republicanos, 0,7% de otros partidos y 23,4% sin afiliación política.

Este sistema de votación también ha sido tema de debate luego de que Trump asegurara que podría resultar en un fraude electoral. En julio, a través de sus redes sociales, el presidente norteamericano cuestionó la integridad del voto por correo, y sostuvo que las de este año serían las elecciones “más inexactas y fraudulentas de la historia”. “Los buzones van a ser robados, las papeletas serán falsificadas e incluso impresas ilegalmente y firmadas de forma fraudulenta”.

¿Cuándo se conocerá al ganador?

Es difícil -casi imposible- determinar cuándo sabremos quién ganó la carrera presidencial. Con este método de votación, el conteo de sufragios podría ser relativamente lento. Algunos estados adelantaron que podrían reportar sus resultados la noche del 3 de noviembre; en otros, en cambio, podría tomar más tiempo.

Casi la mitad de los estados aceptará boletas que lleguen por correo durante unos días después de la elección, siempre y cuando hayan sido enviadas antes de la fecha límite.

Los resultados preliminares en algunos estados clave podrían dar suficiente información para estimar quién sería el ganador. Sin embargo, los medios de comunicación tendrán especial cuidado al proyectar ganadores porque esos resultados preliminares podrían no ser suficientes para contar con un panorama completo.

Este lunes, en el cierre de su campaña, Trump adelantó que intentará que el recuento finalice el mismo martes, y advirtió que tiene listo a su equipo de abogados para concretar su cometido ante los jueces: “No creo que sea justo que tengamos que esperar mucho tiempo después de las elecciones”.

¿Cómo llegan los candidatos de acuerdo a las encuestas nacionales?

El promedio de encuestas del sitio especializado Real Clear Politics le da una ventaja de 7,8% a Biden, a quien le asignan 51% de los votos contra 44% para el presidente Trump. El sitio especializado FiveThirtyEight, en tanto, le da una ventaja de nueve puntos al demócrata. Esa ventaja es más del doble de la que tenía Hillary Clinton sobre el actual mandatario en 2016 (45,5% a 41,7%).

Pero el foco también está puesto en los sondeos estatales. Según Real Clear Politics, en cinco de los estados bisagra el ex vicepresidente durante el gobierno de Barack Obama se impone sobre el jefe de Estado republicano, aunque con menor diferencia que en semanas anteriores.

En Arizona y Florida el demócrata se encuentra un punto por delante del republicano; en Michigan la diferencia es mayor a cinco puntos, en Pensilvania a cuatro, y en Wisconsin a seis. En Carolina del Norte, en tanto, Trump logró ubicarse primero en los sondeos, con 0,6 puntos de diferencia.

Las encuestadoras, no obstante, han estado en el foco de la polémica en los últimos años por sus malas predicciones en votaciones como la del Brexit en el Reino Unido, y las presidenciales de Estados Unidos en 2016. Ese año, horas antes de los comicios, 17 de 19 sondeos le daban la victoria a Hillary Clinton, quien luego terminó perdiendo sorpresivamente con Trump.

Por ese motivo el ex presidente Obama pidió a los seguidores de Biden no confiarse como en 2016, y les remarcó la importancia de salir a votar.

Ejes de campaña y propuestas.

El presidente Trump tuvo como principal bandera de campaña sus éxitos en materia económica antes de la aparición de la pandemia. Biden, por su parte, ha señalado que revertiría muchas de las políticas del actual mandatario en diferentes temas como salud, inmigración y cambio climático, entre otros.

Sobre la pandemia, el jefe de Estado reiteró en varias oportunidades que este año habrá vacuna, y que para mediados del próximo habrá “vacunas para todos”. Biden, quien dijo que bajo su administración aceleraría el desarrollo de tratamientos y vacunas para combatir el coronavirus, manifestó dudas sobre la seguridad de una eventual vacuna aprobada por la administración Trump.

Mientras el presidente insiste en que las escuelas deben abrir por completo, el demócrata considera que los distritos deben tomar decisiones de manera segura, según las condiciones locales. Además, sostuvo que debería haber mayor concientización respecto a los cuidados ciudadanos. Al respecto, el mandatario se opone a obligar el uso de mascarillas a nivel nacional; Biden, en tanto, adelantó que en caso de llegar a la Casa Blanca podría decretar obligatorio su uso.

Respecto a la economía, Trump planea disminuir el impuesto sobre el salario, y se opone a aumentar los gravámenes a las ganancias de capital y a las corporaciones. Su contrincante demócrata, por su parte, adelantó que revertiría muchos de los recortes de impuestos que aplicó el mandatario a ricos y empresas, y que uno de sus principales pilares será impulsar a la clase media. En lo que sí coinciden ambos es en aumentar el salario mínimo de 15 dólares la hora.

Respecto a la inmigración, el presidente norteamericano mantiene su postura de “tolerancia cero” frente a la inmigración irregular, y la construcción del muro en la frontera con México. Pese a esto, en la actual administración hubo menos deportaciones que durante la gestión de Obama. Biden calificó la acción del Gobierno al que perteneció como un “gran error” y se comprometió a revertir esa situación.

Sobre política exterior, Biden sostuvo que las dos mayores amenazas de Estados Unidos son Rusia y China. Respecto a América Latina, consideró necesario cambiar la estrategia frente al continente y, en particular, modificar la presión que hay que ejercer sobre la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. Trump afirmó que mantendrá la máxima presión sobre el líder chavista en caso de continuar en la Casa Blanca, y en más de una oportunidad advirtió que el régimen de Beijing -con el que se encuentra en una fuerte guerra económica- “pagará” por el daño provocado por el coronavirus.

Otro de los ejes de campaña fue el racismo en Estados Unidos. El asesinato de George Floyd a menos de la policía, y el ataque -también de la policía- contra Jacob Blake, quien logró sobrevivir tras recibir siete disparos por la espalda, provocaron una fuerte respuesta social, que se extendió a otras ciudades del mundo, para para pedir justicia y reclamar por los derechos de la comunidad afroamericana. Biden opinó que una de las principales cuestiones a modificar en el país es “el racismo institucional”. La senadora Kamala Harris elevó aún más el tono al calificar de “racista” al presidente Trump.

Voto latino.

La comunidad latina será por primera vez en estas elecciones la minoría más grande en votar en Estados Unidos. Se estima que 32 millones de hispanos -de una población de 60,6 millones (18 % de la población)- son elegibles para votar, frente a los 27,3 millones que tenían derecho al voto en 2016.

Una encuesta realizada por Noticias Telemundo, NBC News y el diario Wall Street Journal, indicó que dos de cada tres votantes latinos apoyan a Biden. Ese sondeo confirma la tendencia que se observó en las últimas semanas: el demócrata cuenta con el 62% del voto latino, contra un 29% del presidente.

Trump, quien sorpresivamente ganó en las elecciones de 2016 el estado de la Florida, intentó absorber el voto latino a partir de su dura posición contra las dictaduras de Cuba y Venezuela.