Un virtuoso de la pluma, un maestro de colegas, un as en el articulado de la redacción, protagonista de entrevistas inolvidables, un norte en la profesión. Alfredo Serra podría llevarse más elogios y definiciones. Hoy se fue a escribir a otro plano. Tenía 81 años y 60 de profesión. El “pingüino” fue emblema de la editorial perfil. Trabajó en Gente, Crónica y su último trabajo fue en infobae. Fue docente, en la universidad católica dictó la materia redacción periodística. No aceptaba a quienes estaban allí porque “querían salir en la tele”. “Para ser periodista primero hay que saber escribir” sostenía como un mantra.

Hasta escribió sobre turf. Pero sin dudas, el mojón fue su cobertura de la guerra de Vietnam. En el hotel Continental de Saigón, refugio de la prensa mundial, conoció a un periodista español, Javier Martínez de Padilla, del diario La Vanguardia de Barcelona. Un veterano que había cubierto varias guerras. Le preguntó si sabía inglés, idioma en el que Alfredo se defendía. Y lo adoptó: “Yo sé algo de francés. Podemos ser socios en la necesidad. A partir de ahora hemos de seguir juntos. Para morir o sobrevivir”.
Conoció, en esa guerra, lo peor de la condición humana. Le dolió aprenderlo de sus propios colegas mientras profanaban cadáveres de guerrilleros del Vietcong. Se habían tenido que encargar de enterrarlos (él también) por orden de las tropas norteamericanas a cambio de ofrecerles un lugar seguro, una noche que no llegaron al hotel antes del toque de queda.
Luego llegó Gente. Primer hito: reunió a Borges y a Sabato, que hacía años que no se hablaban. Cumplió, con creces, con uno de los motivos que lo impulsaron a ser periodista: viajar. El fabuloso tren Transiberiano desde Moscú a Vladivostok. Montecarlo con Susana Giménez (… y Monzón: esa vez, salvó a la diva de la furia del boxeador escondiéndola en su habitación).

Sumó hazañas. Fue el primero en llegar al avión de los rugbiers uruguayos en plena la Cordillera de los Andes después del rescate. Allí encontró el portadocumentos de Fernando Parrado: al volver se lo entregó. Ambos partieron un billete de 10 dólares: cada uno llevaría consigo la mitad para siempre. Su cobertura de los sobrevivientes dejó una lección. Cuando fueron rescatados, llegó a entrevistar a Parrado y logró la estremecedora confesión de que habían comido carne humana para no morir de hambre. Recibió un pedido, un ruego: “No lo cuentes, por favor. Lo vamos a decir ante la prensa mundial y nuestras familias en nuestro colegio”. Cumplió. “Entre la primicia y la actitud moral, callé. Porque un periodista no es un verdugo. Y si lo es, pasa al bando de los canallas”, sentenció. Quienes lograron salir con vida de esa catástrofe fueron 16. A Serra lo llamaban “el 17”. “Fue la mejor medalla que me hayan conferido en medio siglo de periodismo”, repetía.

Bolivia, 1971. El general Hugo Banzer Suárez se levanta en armas. Serra y el fotógrafo Eduardo Forte se suben a un jeep y arrancan hacia la frontera. Nadie puede entrar. Sobornan a un funcionario boliviano e ingresan. Pero no les sella el pasaporte.
En Santa Cruz de la Sierra los detienen. Los cables del flash de Forte los alarman: creen que es una bomba. Su documentación incompleta los condena. No creen que son periodistas. Había un recuerdo fresco: “El Che Guevara también entró con una credencial de periodista”, les dijeron.
La pena es capital. Los ponen frente a un pelotón de fusilamiento. Justo cuando van a disparar, llega la caballería. Así lo recordaba: “A los gritos, en pantuflas, pijama y un impermeable sobre los hombros, alguien impide el crimen: ‘¡Paren! ¡No tiren! ¡Estos hombres son periodistas argentinos! ¡Van a matarlos sin motivo!’”. Era el cónsul argentino, y los salvó de la ejecución.

Su entrevista al criminal nazi Klaus Altmann-Barbie, acusado por enviar a la muerte a 20 mil personas en la ocupación alemana en Francia, logró espantosas confesiones, entre ellas el reconocimiento de haber pertenecido a las SS hitlerianas y haber actuado en Lyon como un verdadero asesino. Esa entrevista fue replicada, de punta a punta, por la prestigiosa revista Paris Match.
Se convirtió en un especialista en hallar criminales de guerra. Su libro Nazis en las Sombras da fe de ello. Allí no sólo recrea aquel encuentro, sino, entre otros, el que tuvo con Walter Kutschmann, al que encontró en Miramar luego de una implacable pesquisa y acorraló a preguntas. Como en una novela negra, el hombre que le dio el dato definitivo le pidió pagar un precio por la información: un peso moneda nacional.
Al final de su vida, cuando quizás no esperaba nada más a nivel profesional, llegó Infobae. Daniel Hadad lo llamó para decirle: “Quiero que escribas lo que vos tengas ganas, quiero tu pluma en Infobae”, contaba. Estaba agradecido. Lo rescató de una de las enormes injusticias que la ignorancia suele cometer. “Es mi último puerto por razones de edad, a lo mejor me dura mucho, pero es un puerto muy feliz. Y sobre todo, porque me obligó a vincularme con un mundo absolutamente desconocido. Yo la primera vez que fui ahí eran todas redacciones llenas de paredes electrónicas: El periodismo digital del cual yo no sabía nada. Es un lugar muy profesional, pero al mismo tiempo es un lugar muy cálido, que a mí me está haciendo muy feliz. Primero, porque puedo escribir a mis anchas, porque me consideran lo que valgo, que no es tanto pero también es bastante…”, le contó en una entrevista imperdible que le hizo Jorge Fernández Díaz.
Pd: Enterateya deja una de sus tantas frases de cabecera, solo para entendidos, para clavar en un corcho y memorizar a fuego: “todo -elogios y puteadas- vive y muere pronto entre las paredes de una redacción”.







